Archive | February 2013

Chalk circle – Scrambled

Lo que vendría siendo un temazo…

Ben Watt y la Transición

Ben Watt, por su parte, hace años que hizo la tan traída y llevada TRANSICIÓN del indie-twee al bombito. Ay esa TRANSICIÓN. Cuánto nos gusta por aquí. Cómo nos toca de cerca…

Bedsit Disco Queen

la adoro

Hay dos clases de personas: las que adoramos a Tracey Thorn y las que aún no la conocen.

AlunaGeorge – ‘Attracting Flies’

More like this, please!

Libros de música: Re-Make/Re-Model: Art, Pop, Fashion and the Making of Roxy Music, 1953, 1972

Prácticamente todas las biografías de bandas y músicos que he leído empiezan con unas cincuenta páginas en las que se relatan los años de infancia y adolescencia, además de los años anteriores a hacer la música por la que son recordados. Suelen ser páginas pesadísimas de leer, que uno pasa apresurado esperando llegar a la etapa de su vida que nos interesa. Es, sin duda, uno de los lugares comunes en este tipo de libros, como lo es el hecho de que siempre se señale una anécdota de la infancia o la adolescencia que permita establecer que su estilo ya estaba formado mucho antes de comenzar su andadura musical. La idea es contribuir al  mito de que el genio nació así, y buscar en su biografía datos reveladores de su precoz inspiración.

Pues bien, este libro se centra precisamente en esos años formativos. La mágica frase ‘Entonces Brian Eno conoció a Bryan Ferry’ no se puede leer hasta la página 341, ya en la parte final. Solo por su planteamiento, esta biografía de Michael Bracewell ya se aleja lo suficiente de lo trillado como para llamar la atención, aunque corría el peligro de caer en el soporífero recuento de la prehistoria de Roxy Music.

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Afortunadamente, el caso de Bryan Ferry y compañía es diferente, básicamente por el interés de las personas a su alrededor y que, según la tesis de este libro, formaron el gusto y las ideas de Roxy Music. Una vez que entras en el juego y aceptas que no se trata de un libro sobre la banda inglesa propiamente dicho, sino más bien sobre las circunstancias artísticas y sociales que permitieron la existencia de un grupo como Roxy Music, se trata de una lectura fascinante, y que solamente flojea en la parte final, en la que entran en juego demasiados nuevos ‘personajes’, debido al afán de su autor por establecer nexos en una especie de prueba de los seis grados de separación que, en algún párrafo, termina pareciendo un listín telefónico. Lo de los seis grados de separación no es ninguna tontería: solo hay dos entre Bryan Ferry y Duchamp o Andy Warhol, por ejemplo.

Así que The Band that Invented an Era (que así es como se retituló el libro en su edición de bolsillo, que es la que yo compré) es un volumen sobre el contexto que rodea el nacimiento de una banda, insólito en su fijación por las ideas más allá del anecdotario crea-mitos que suele nutrir la mayor parte de biografías musicales. Casi se podría decir que se trata de un libro escrito desde la perspectiva del materialismo cultural de Raymond Williams, y que establece que toda forma artística está determinada por las estructuras sociales y económicas en las que es creada. Perfecto, por mi parte, ya que estoy totalmente de acuerdo con esa idea, y muy en desacuerdo con esa tontería de que los músicos son genios que crean ajenos al mundo que les rodea.

Quizás el hecho más importante y determinante en la vida de Bryan Ferry es la existencia, en la posguerra inglesa, de unas políticas sociales que facilitaron la primera generación de jóvenes procedentes de la clase trabajadora con acceso a estudios universitarios. En el caso de Ferry, originario del industrial norte de Inglaterra –él mismo compara el lugar en que se crió con los paisajes industriales en mitad del campo retratados por Thomas Hardy-, su oportunidad fue estudiar Bellas Artes en la universidad de Newcastle. Allí le dio clases Richard Hamilton, introductor en el Reino Unido del pop art, y fue compañero de estudios de gente que visitó y colaboró en la Factory de Andy Warhol. Este libro va desgranando poco a poco los personajes que rodearon a Ferry en sus años universitarios, prestando especial atención a las ideas artísticas de las que fueron pioneros, pero también presta atención, claro, a los gustos musicales de Ferry, cuya predilección por el jazz y el soul tendrían interesantes consecuencias en el sonido de Roxy Music. A continuación, el autor presta atención a Brian Eno y su excéntrica biografía, así como al periodo formativo del resto de miembros de la formación de Roxy Music que firmó los dos primeros, y magistrales, álbumes.

Aunque tan apenas se hable de la música de Roxy Music directamente, de las páginas de este texto se pueden extraer numerosas herramientas para comprender mejor la música de sus dos primeros álbumes. La irrupción en la universidad y en particular en estudios artísticos de estudiantes de clase obrera tenía que provocar, necesariamente, cambios en la manera de entender el arte, dentro de una época ya caracterizada por la fluidez social. En el caso de Roxy Music, lo que se consiguió fue llevar al terreno de la música popular la reflexión sobre los nuevos medios de comunicación y el capitalismo del Pop Art.

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(obra de Richard Hamilton, nótese la chica sobre el coche, y su posible influencia en las portadas de Roxy Music)

Una de cal y otra de arena, en el caso de Roxy Music: si por una parte su interés por los ritmos negros estadounidenses, y el tomarse en serio la música para divertirse, fueron un necesario revulsivo en un contexto musical en el que aburridos mastodontes de la pirotecnia técnica y el aburrimiento musical como Emerson, Lake & Palmer cotizaban al alza. En este sentido, me pareció muy curioso leer que uno de los motivos por los que ficharon a Phil Manzanera fue porque pensaban que los años que este había vivido en Sudamérica hacían que su forma de tocar la guitarra sonase distinta a lo establecido en Inglaterra por aquel entonces. Pero, por otra parte, su planteamiento bordeaba el postmodernismo, en particular con su interés en el estilo y la superficie como un fin en si mismo, los collages sonoros, etc. Pese a todo, Roxy Music fueron pioneros y ayudaron a sentar las bases de una tradición musical muy fructífera en el Reino Unido –aunque yo no llegaría tan lejos como para afirmar, tal y como hace el autor de este libro, que se inventaron una era-. Por supuesto que presentaban contradicciones, pero en su caso claramente lo bueno que aportaron supera a lo malo.

Otro aspecto que me interesó mucho fue ver cómo, a finales de los sesenta, ya existían muchos debates que hoy nos parecen típicos de nuestra época. Me refiero, en primer lugar, al revivalismo. Y es que Roxy Music está construido en buena parte como una recuperación de los años 30, 40, y 50, tanto en lo estético como en lo musical, demostrando que la retromania es un fenómeno mucho más antiguo de lo que nos parece ahora, aunque en la actualidad esté claramente determinado por los modos en que escuchamos y distribuimos música. Por otra parte, Roxy Music también escenificaron la oposición entre rockismo y poptimismo, décadas antes de que saliesen defensores de Britney Spears, con su reivindicación del pop más comercial, los musicales, las melodías pegadizas y la necesaria intrascendencia del pop mainstream frente a la seriedad masculina y heteronormativa del rock progresivo.

Es una pena, sin embargo, que el libro no se detenga más a analizar las portadas de sus discos. En un párrafo se acepta su componente machista, y en otro se ensalza la transgresión que suponía una imagen que reivindicaba el componente fan de la música popular, y que,  según se cuenta en el libro, fue determinante para que el sello Island les contratase. El tema daba para mucho más, como también sería interesante explorar las ambiciones de clase de Ferry, o el hecho de que Avalon (ya aceptado como una obra maestra) y sus discos en solitario de los ochenta ayudasen a cimentar el sonido del triunfalismo yuppie en los ochenta. Y es que Roxy Music dan para mucho más que las 400 páginas de este libro, que en cualquier caso sirven para entender mucho mejor a la banda, para volver a escucharlos y apreciarlos mejor. Así que muy bien, totalmente recomendado. A ver si alguien lo traduce al español.

 

Revisitando el On Land de Brian Eno

Parece que la teoría y la práctica de la hauntology han ido remitiendo un tanto en los últimos meses, al menos en lo que se refiere a frecuencia de lanzamientos y presencia en los medios. Aún así, de vez en cuando surgen nuevas aportaciones que ayudan a completar la visión de conjunto. Es lo que está ocurriendo últimamente con la reivindicación de Ambient 4 / On Land como obra pionera de la hauntology.

Esto se debe principalmente a Mark Fisher, quien junto a Justin Barton ha hecho una instalación llamada, precisamente, On Vanishing Land y en cuyo apartado musical colabora gente tan interesante como Raime, John Foxx y Ekoplekz entre otros. (Más información aquí, tiene buena pinta, ¿verdad?). Lo que tienen en común la instalación y el disco de Brian Eno es su inspiración en Suffolk, su intento de representar musicalmente las peculiaridades de esta zona de Inglaterra.

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(la foto es de Mark Fisher, y pertenece a la instalación On Vanishing Land)

Ambient 4 / On Land es, quizás, el mayor logro de Brian Eno dentro del género que él ayudó a definir. Y sin embargo, se trata de un disco que se desvía en cierto modo de lo que se podría establecer como ambient estrictamente, ya que aunque sus ocho cortes comparten la estética de bucles sonoros que se desarrollan en continuo pero casi imperceptible cambio, la música contenida en este álbum reclama tu atención y se resiste a ser una especie de mueble sonoro, que es lo que Brian Eno pretendía inicialmente. El motivo principal lo encontramos en la excusa del disco: Eno se crió en Suffolk y con ‘On Land’ intentó reconstruir, desde Nueva York, los paisajes de su infancia a través de sus recuerdos sonoros. Así, la música aquí se escapa por poco de la abstracción, especialmente mediante significantes sonoros que parecen remitir a aspectos específicos del paisaje: el viento, las olas, el tintineo -¿de la iglesia desacralizada en la que vivió cuando era niño, o de los mástiles de los barcos?-  e incluso sonidos vagamente animales –en ocasiones parece que se escuchan pájaros, e incluso ovejas ¿o es todo esto una alucinación sonora? Ahí reside precisamente parte del encanto de ‘On Land’. Un disco en el que, además, las texturas están formadas por capas de sonidos superpuestas en las que te vas fijando escucha tras escucha, revelando una complejidad que puede pasar desapercibida en una primera escucha apresurada. Incidentalmente, para aquellos de nosotros que también hemos crecido en una costa caracterizada por la lluvia y el viento, el disco añade todavía una capa de implicación más, mezclándose nuestros propios recuerdos con los de Eno.

El aspecto en el que se han fijado ahora Mark Fisher y Justin Barton es la cualidad inquietante y amenazadora de este disco que, desde luego, no es una viñeta nostálgica en tonos sepia. Esto es algo que, además, contribuye a que el álbum se aleje del habitual tono emocionalmente neutro del ambient. Ahí también reside la conexión con la hauntology y su idea de cómo la música puede representar (simplificando mucho, lo sé) una idea de lugar y las presencias humanas o sobrenaturales que lo ocupan. En la revista cinematográfica Sight & Sound, el propio Fisher usa la palabra ‘eerie’ para explicar este aspecto de la música de Eno. Como ‘eerie’ es una de esas palabras que tienen difícil traducción al español, cito aquí la explicación del propio Fisher en este artículo:

Lo eerie normalmente se refiere a un agente: ¿hay un agente presente, y si es así, de qué naturaleza? Si el grito de un pájaro nos parece eerie, es porque nos sugiere una intencionalidad o una inteligencia. De un modo similar, si un espacio tranquilo parece eerie, podría ser porque tenemos que tratar con los restos de un agente ya desaparecido cuyos propósitos no pueden ser completamente conocidos […] o porque sospechamos que ahora podríamos estar siendo observados por un agente que no se ha manifestado. En todos los casos, lo eerie es sobre el encuentro con lo desconocido. (la traducción es mía).

Esta característica ya la revelaba el propio Brian Eno como determinante para On Land en las páginas del libro Roxy, The Band that Invented an Era:

Lo que recuerdo con más fuerza acerca de los lugares en los que me críe es el tentador misterio que tenían- el modo en que se ocultaban de ti. Esto es algo que tenía presente cuando escribí ‘On Land’ en Nueva York, años más tarde.

¿Os acordáis del Hotel Overlook de El Resplandor? Pues ese sería un ejemplo perfecto de espacio inquietante y amenazador tal y como lo define Fisher. De hecho, los más recientes discos de The Caretaker -recordemos que el concepto de The Caretaker está inspirado por la película de Stanley Kubrick- surgen del mismo punto de partida que el ‘On Land’ de Eno, con la diferencia de que en el caso de The Caretaker se trata de un espacio imaginario, aunque con una fuerte presencia para cualquiera que haya visto la película de Stanley Kubrick.

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Volviendo a Fisher, en On Vanishing Land otra de las inspiraciones confesas es la obra del escritor M.R. James, cuyas historias de fantasmas son, según Fisher, una representación de los miedos victorianos a la decadencia y desaparición de sus estructuras sociales. Mucho se ha hablado, de hecho, acerca de la hauntology como una elegía de un modo de organizar la sociedad en la que lo público es un elemento clave y determinante, y que en los últimos años está perdiendo terreno de modo alarmante y mucho más acelerado de lo que lo ha hecho en décadas anteriores. Y aunque el disco de Brian Eno no perseguía esta finalidad social al  menos de una manera consciente, su influencia al menos sí que ha ayudado de abono para que otros hagan música que habla sobre nuestra sociedad contemporánea, con un profundo sentido de la influencia inescapable del contexto. Y es que se puede acusar a los músicos englobados dentro de la hauntology de ser algo arties y torremarfilescos, pero su nostalgia por una estructura social organizada alrededor de lo público les redime ideológicamente. Esperemos, eso sí, que lo suyo no sea una elegía. Mejor veámoslo como un reconocimiento de que se puede organizar la sociedad de otro modo, y funciona, y es mejor. 

El sonido de la ponzoña

Los amantes del rock ruidoso, rápido y malsonante no es que tengamos muchas alegrías últimamente. Así que me he decidido a hacer un post sobre una serie de bandas que para mi son lo único excitante (o sobreexcitante) del panorama actual. Me refiero básicamente a Pissed Jeans (que acaban de publicar nuevo album) y a grupos con un sonido parecido como pueden ser The Men (sobre todo en su primer disco), Kim Phuc o los ya extintos Drunkdriver. Sus coordenadas musicales nos remiten al hardcore de Black Flag, al punk grueso y oscuro de Wipers, a la desesperación de Swans y a la suciedad de The Birthday Party o The Jesus Lizard. No son una escena ni nada similar, pero en mi cabeza funcionan como un estilo bien perfilado
 

 
Políticamente, tienen medio pie en la ética del hardcore pero también comparten espacios con el  cínico mundo Vice o los entrepeneurs de Pitchfork (Kim Phuc creo que se salvan de la quema). En cualquier caso, me alegra que en discos como “Honeys” (2013) de Pissed Jeans haya letras como “Chain Worker” que trata un tema tan atípico como la alienación en el trabajo. “I am a chain worker / caught in an infinite loop” berrea el cantante.
 

 
Lo suyo es el sonido de la ponzoña. La fealdad y el desgarro escupidos a un ritmo vertiginoso. Todo lo malo que nos cae encima a diario devuelto y descompuesto, como un boomerang amenazante que busca justicía poética y sangrante.  La suya es una estrategía quizás menos inteligente que el baile o el humor, pero, en todo caso, igualmente edificante.