Archive | May 2013

Vampire Weekend se hacen mayores

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Los propios Vampire Weekend han etiquetado este disco como el cierre de una trilogía, junto a Contra y su debut. Sin embargo, se trata de un álbum tan diferente en muchos aspectos a los dos anteriores que no lo veo muy adecuado. Más bien es una coda, o mejor: su rasposo anverso. La principal diferencia, lo primero que salta al oído, es el tono. Frente a lo sueltos y vitalistas que estaban en sus dos primeros discos, Modern Vampires of the City está dominado por el pesimismo e incluso la desgana. Ojo, que no digo que suenen desganados… o sí… quiero decir que en canciones como Obvious Bicycles o Hudson (no parece casual que sean el primer y último corte) representan musicalmente la sensación de cansancio vital.

Además, ya no hay tantas referencias a otras culturas. No siguen tanto el camino marcado por Paul Simon en Graceland, ni referencian a Peter Gabriel o el reggaetón, ni samplean a MIA ni usan teclados que nos recuerden a la música africana, ni nada parecido. Su tercer disco es el más Ivy League, el más ensimismado en su propia cultura de la clase media de la costa este estadounidense, mirando más a Europa musicalmente que al hemisferio sur. Esto es algo que probablemente sea consecuencia del método de composición empleado en esta ocasión, ya que el disco ha sido compuesto por Ezra Koenig y Rostam Batmanglij casi sin contar con los otros dos componentes del disco, lo que es evidente, por ejemplo, en la escasa presencia de las guitarras. Parece como si Koenig y Batmanglij se hubiesen querido aislar del exterior para expresar la sensación de hacerse mayor, que es el tema principal.

La voz de Koenig suena en esta ocasión más celestial, tipo coro de universidad de la costa oeste. De hecho, su voz suena cada vez más parecida a la de Panda Bear –quien, recordemos, formó parte de un coro antes de entrar en Animal Collective. Esto es algo especialmente evidente en ‘Finger Back’, en la que el fraseo vocal de Koenig, e incluso la instrumentación, recuerdan a Animal Collective. Llama la atención que en el contexto del indie, en el que las voces masculinas quejumbrosas y desafinadas siempre han cotizado al alza –y especialmente para dar voz a angustias vitales similares a las que aparecen aquí- dos figuras tan importantes como Panda Bear y Koenig hayan optado por pulir sus voces y acercarlas a una forma de cantar más tradicional. La voz en estas canciones, y muchas melodías, tienen el efecto de sonar como himnos para cantar a coro. De hecho, la religiosidad, o las dudas provocadas por la espiritualidad, son uno de los leit motivs en las letras del álbum. Batmanglij ha mencionado en una entrevista cómo les interesaba hacer canciones sobre la depresión con acordes mayores, un contraste curioso que se subraya con el carácter espiritual de la voz articulando dudas religiosas. Este aspecto de exploración individual también marca el tono del disco, y supone otro contraste con sus dos álbumes anteriores, que eran más expansivos y celebratorios. Personalmente creo que antes era mucho más fácil empatizar con las canciones.

No es, por tanto, un disco fácil. Por el modo en el que está producido parece como si quisiesen esquivar la inmediatez de sus discos anteriores. Es el álbum en el que la producción está más presente, e incluso en algunas canciones es la protagonista, con diferentes ideas (principalmente rítmicas) sucediéndose cada pocos segundos. En ocasiones se tiene la sensación de que el disco está demasiado producido, que es demasiado consciente de sí mismo, detallista en cuanto a cómo debe sonar cada uno de los sonidos. Me recuerda, en este sentido, a lo que les pasó a Mercury Rev cuando sacaron Deserter’s Songs. A mí estas canciones me suenan algo más forzadas y tensas, más férreamente controladas que las de sus anteriores discos, en las que se respiraba mejor. A su favor, en cualquier caso, está el hecho de que la mayoría de las canciones no se pierden en si mismas: son breves, y están secuenciadas de manera que se suceden las unas a las otras casi pisándose los talones, como si tuviesen prisa por empezar, algo que es evidente al escuchar el álbum de principio a fin. Por eso, la escucha no se hace finalmente pesada y se pasa de canción a canción de una manera fluida.

En cuanto a instrumentación, casi todo el disco se reduce a una paleta muy básica de piano, teclados y ritmos, lo que da al conjunto la uniformidad monocrómatica equivalente al blanco y negro de la fotografía de portada. Vampire Weekend son en esta ocasión casi pudorosos con los colores tanto en la portada, como en la música e incluso en la ropa que llevan en las fotos promocionales, en un esfuerzo conjunto por dar una imagen de seriedad y/o madurez. Es fácil imaginar que el disco ha sido compuesto al piano, y que fueron añadiendo arreglos en un proceso de producción que se supone largo y agotador, patente en el ensamblaje de los distintos elementos y partes de las canciones. Es innegable en este sentido su dominio del estudio como elemento compositivo, uno de los puntos fuertes del álbum. También destacan algunos destellos interesantes, como el piano al final de ‘Hanna Hunt’, tan Bruce Springsteen, o su reinterpretación del rock and roll en algunos temas, más cercana al pastiche postmoderno que a la retromania. Y, por supuesto, hay alguna canción estupenda, empezando por ‘Ya Hey’.

Quizás en lo que estaban más interesados en esta ocasión es en las letras y en las melodías vocales. Koenig sigue siendo ese letrista entre impresionista, costumbrista, irónico, sugerente y críptico de sus anteriores discos, aunque ahora bañado de pesimismo. Esto se ve desde el propio comienzo, con una canción sobre esos días en los que no tienes ganas de nada y en los que piensas que no puedes aportar nada al mundo. En el resto de las canciones hay referencias a hacerse mayor, a morirse, al cansancio vital y al sentimiento de crisis individual y de pareja que refleja, inevitablemente, el colectivo –aunque sea de refilón en líneas como aquella que hace referencia a casas que ni has construido ni puedes controlar.

Vampire Weekend han vuelto, por tanto, después de un significativo hiato en su carrera que podría haberlos apeado del foco de interés en el que estaban hasta ahora. Su regreso les muestra replegados sobre sí mismos y considerablemente diferentes. Al menos de momento no han perdido el favor del público (número uno en la lista de álbumes en EEUU), o de la crítica (9,3 en Pitchfork, por ejemplo). Pero a mí, al menos de momento, me cuesta meterme de lleno en este disco.

 

 

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Droga

Estoy enganchado como una mona a esto:

droga

Pongo los graves al máximo que da el equipo, bien de volumen, subwoofer a tono, y venga, a Babilonia de cabeza.

Swaaaaaaaaaaaaans

Sea más o menos de vuestro gusto su discografía, no tengo duda que si viérais esto en directo caeríais rendidos a los pies de Sir Michael Gira y los suyos.  ¿Cómo era lo del fierro, Ruds?

Ese no es el bueno: Public Enemy

Inicio una sección de la que hablamos (en la intimidad) en varias ocasiones: señalar con el dedazo al disco supuestamente clásico de un artista o un grupo y bajarle los humos al tío gallito. Porque a veces todo dios sabe que el que mola de verdad no es ese. Y punto.

Por ejemplo, “Fear of a Black Planet” coge todo lo que tiene “It Takes a Nation of Millions to Hold Us Back”… y lo pone a menear el bullarengue como si le fuera la vida en ello. Nuff said.

siempre supiste que este era el bueno

Además, ¿seguro que el “It Takes…” es el que tiene los temazos?

¿Seguuurooo?

After Dark 2

Que tu sello favorito edite un esperadísimo recopilatorio con inéditos el día de tu cumpleaños. Así, sí.

253309_599362183415536_213795031_n

Uh!

Kode 9: 50% fresco, 50% fosco.

TGIF

Los jueves paella, y los viernes Uncle Dugs.
Y eso, amigas y amigos, es así.