Archive by Author | Iván Conte

Poniéndonos al día con Juan Magan.

Ayer, una persona muy cercana al blog dijo que no deberíamos esperar cuarenta años a que Soul Jazz le dedique una retrospectiva para reivindicar a Juan Magan. La verdad es que le había perdido la pista desde su álbum del 2012 -que sí, que algún temazo tiene- así que me pasé por Spotify para ver qué había sacado últimamente. Ahí me encontré con dos singles fechados en el 2014. Los dos son temones:

‘Falling in Love’, porque tiene unos sintes que ya querrían para sí muchas bandas de indie-synth-pop y alguna que otra cantante de pop -encajaría a la perfección en el Femme Fatale de Britney Spears, por ejemplo.

‘Ratitos de placer’, por su parte, explora su vertiente más caribeña-digital, en la línea de lo que Nguzunguzu metieron en su celebrada mixtape de hace unos meses. 

Escuchados a la hora de la madrugada apropiada, y con un equipo de música suficientemente potente, estas dos canciones tienen que ser arrolladoras.

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DJ Mustard on the Beat!

DJ Mustard es el músico que más me interesa en estos momentos. En poco más de dos años ha conseguido acuñar un sonido propio, rítmicamente escueto y espaciado, pero relleno de capas de sintes oscuros, sensuales y que provocan la sensación de estar achicharrándote de calor al mismo tiempo que son una invitación al baile. Calor y baile ¿qué más queremos? Una nueva cima creativa para la costa oeste que en lo que llevamos de año ya nos ha dado dos de los momentos más memorables.

El primero es el single de Tinashe, un ‘2 On’ con el que la cantante da el salto de las mixtapes a las multinacionales y que ha recordado mucho a Cassie y, por supuesto, a Aaliyah. Es inevitable darle al botón de repetir con una canción en la que DJ Mustard va mostrando sus cartas poco a poco, relajado pero contundente en lo atado que lo tiene todo, en lo bien que sabe dónde poner cada elemento para que la canción progrese con éxito y que te sumerjas entre sus diferentes capas. Es un claro candidato a canción del año.

 

El otro gran momento de DJ Mustard este año es el disco de YG, un disco muy disfrutable gracias a una sucesión de temazos perfectos para las altas temperaturas que, al menos en la meseta castellana, ya se empiezan a sentir. Ya recomendé en su momento otro de los singles de este disco, así que para insistir en las bondades del productor del momento recupero ‘My Nigga’, publicado el año pasado como adelanto de My Krazy Life.

Y si os quedáis con ganas de más, dadle a este top 20 de producciones.

Nguzunguzu – Perfect Lullaby 2

Hay ocasiones en las que una mixtape puede representar el sonido y la personalidad de un músico de manera más acertada que su propia música. No es que la música que hacen Nguzunguzu esté mal (de hecho todo lo contrario: sus EPs para el imprescindible sello Fade to Mind son más que recomendables) pero The Perfect Lullaby 2 es lo más satisfactorio que han hecho hasta el momento. Trasciende, además, lo que podríamos entender normalmente como mixtape porque es un concepto audio-visual cohesionado. Al igual que el último disco de Beyoncé, Nguzunguzu han decidido presentar esta colección de temas de música de baile de distintas partes del hemisferio sur de la tierra junto a una serie de imágenes de naturaleza que combinan el frío polar y el calor volcánico.

Musicalmente, Nguzunguzu ofrecen aquí una colección de canciones que funcionan bien por sus patrones rítmicos, lo suficientemente diferentes entre sí como para reconocer que proceden de distintas partes de la tierra, pero al mismo tiempo con las suficientes semejanzas como para ver las relaciones entre ellas. De hecho, así es: más allá de los nombres conocidos –que al final resultan ser lo menos interesante- aquí hay zouk y reggaetón del caribe, pero también músicas africanas como el kizomba y, por supuesto, RnB, articulando así un diálogo de músicas transatlánticas de origen africano. La coherencia, sin embargo, la da sobre todo el tono, ligeramente lánguido, cálido pero templado al mismo tiempo, perfecto para escuchar con la relajación de los sentidos que provoca la canícula que ya, por fin, va entrando estos días. Aunque la mixtape en sí misma es un Frankenstein de ritmos diferentes, funciona porque en conjunto da la impresión de radiografiar un interés común por músicas rítmicas, calientes, pero al mismo tiempo románticas, como una versión global del lovers rock británico de finales de los setenta y comienzos de los ochenta. Si le dais una oportunidad, preparaos para googlear y buscar música sobre muchos de los músicos que aparecen en ella.

Por supuesto, lo mejor de todo es volver a escuchar a continuación las producciones de Nguzunguzu (incluyendo su participación en el disco de Kelela, uno de mis favoritos del año pasado), y ver reflejadas en ellas las ideas a partir de las que han hecho esta mixtape.

Untold, o la música como bola de demolición.

Durante el pasado verano el Reino Unido estuvo expuesto a una ola de calor que dio como resultado uno de los veranos más calurosos en las islas británicas desde que se registran datos al respecto. Untold grabó su primer álbum justamente en ese momento, al tiempo que se preparaba para abandonar la ciudad de Londres después de una década viviendo ahí y dejando su marca en eso tan abstracto de la UK bass music. Ya sabemos por el punk que calor, crisis y Londres son ingredientes muy estimulantes para la música, así que estos datos son interesantes a la hora de escuchar las canciones de este disco, porque la urgencia y el efecto expansivo del calor se han colado, efectivamente,  hasta el tuétano en las nuevas canciones del productor británico.

Black Light Spiral empieza acumulando tensión con las sirenas y subgraves de ‘5Wheels’, una tensión que no se libera hasta la explosión rítmica del siguiente tema, ‘Drop it on the One’. Pero mi momento favorito del disco es el tercer tema, ‘Sing a Love Song’, una auténtica bola de demolición sonora a partir de un par de elementos jamaicanos y un enfoque muy físico y confrontacional. Hay momentos en los que el sonido parece abalanzarse desde los altavoces para engullirte, especialmente después del breve respiro con el desquiciado piano sampleado hacia la mitad de la canción. Pero quizás lo mejor de todo es que Untold es de los pocos que han logrado interpretar de manera casi simultánea la canícula, el caos, y la sobrecarga de estímulos contemporáneos de una manera que te urge a bailar la revolución. Y además sin que nadie pudiese adivinar que la música del británico fuese dar un giro tan dramático y excitante. A mí el mundo en el 2014 me suena así.

Libros de música: ‘Prince’ de Matt Thorne.

 

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Tiene que ser realmente complicado escribir un libro sobre un personaje tan poliédrico y complejo como Prince. La sobrecarga informativa a la que se puede exponer un escritor a la hora de afrontar un proyecto así tiene que ser tan grande que la idea de una biografía definitiva sobre el de Minneapolis es, en estos momentos, poco menos que imposible, como consecuencia también del hecho de que Prince no ha sido precisamente generoso (o transparente) en sus entrevistas. El enfoque de Matt Thorne en este volumen no es el peor posible: ante la negativa de Prince a la hora de colaborar, se propone reconstruir su obra a partir de las declaraciones de quienes trabajaron con él. El principal problema es que la visión de toda esta gente está filtrada por sus relaciones, pocas veces cordiales a lo largo del tiempo, con el precoz músico, lo que provoca que en más de una ocasión nos podamos permitir poner en duda lo que estamos leyendo.

 

Aún así, hay cuestiones específicas muy interesantes que resultan más creíbles por estar sobradamente contrastadas por los personajes que desfilan a lo largo de estas biografías. Este sería el caso, por ejemplo,  de todo lo referido a sus hábitos de trabajo, o cómo el tracklist de los discos era algo cambiante hasta el último momento, cuando Prince se sacaba de la manga un concepto que unifica un conjunto en el que, en no pocas ocasiones, conviven canciones escritas por Prince en diferentes épocas y rescatadas para la ocasión de su mítico almacén de canciones (que tiene hasta nombre: The Vault). No es la fiabilidad de los colaboradores, en todo caso, el principal problema de esta biografía, sino el hecho de que la condición de fan de su autor tiene varias consecuencias negativas: por una parte el libro se centra en pequeños datos que solo pueden interesar a fans cómo él (en particular los exhaustivos recuentos de canciones tocadas en conciertos y fiestas varias), y por otra –y sobre todo- se echa en falta un análisis más en profundidad de al menos sus lanzamientos oficiales, que en ocasiones se ventilan en media docena de páginas de manera un tanto rutinaria. La táctica de Thorne suele limitarse a explicar de qué van las letras, y deja en un plano los aspectos más interesante de la música de Prince: sus innovaciones sonoras, que todavía planean en buena parte de la música más inquieta que se hace hoy día, y su significado en el contexto de la época. ¿Cómo puede pasar por alto, por ejemplo, la creatividad rítmica de un disco magistral en este sentido como es Sign o’the times? Datos como que Chuck D comentó en una ocasión que su fraseo está en parte basado en el de Prince en el tema que da título a precisamente ese álbum merecía detenerse a examinar las implicaciones de esta influencia.

 

Tampoco es que el libro sea un desastre, simplemente parece que le falta más trabajo para ser lo que aspiraba a ser: el análisis definitivo de la biografía de Prince. Hay que reconocer, de todos modos, que hay algunas ideas interesantes desperdigadas a lo largo del libro. Me han gustado en particular dos: la primera es la que dice que la carrera de Prince habría dado menos bandazos si en vez de liquidar a The Revolution a finales de los ochenta los hubiese retomado esporádicamente de un modo similar a como lo hicieron Bruce Springsteen con la E Street Band o Neil Young con sus Crazy Horse. La otra idea es la que señala cómo Prince en los noventa dejó de jugar con los roles de género, como solía hacer en los ochenta, para adoptar una actitud mucho más masculina, y cómo este viraje en su obra fue una de las causas de su pérdida de capacidad para sorprender a partir de entonces.

 

Y también, por supuesto, en una obra tan extensa como la de Prince, que solo los más fanáticos conocen bien, es inevitable que la lectura de este libro te lleve a cosas que nunca habías escuchado antes. En particular, yo estaba interesado en investigar sus proyectos paralelos, y en este sentido el libro cumple más o menos su tarea. De hecho, me enteré de la existencia de esta biografía cuando se publicó uno de los capítulos dedicados a los protegidos de Prince como adelanto en el segundo número de la efímera revista Loops. Es en este terreno donde más satisfacciones tuve: a The Time ya los conocía bastante bien –su disco ‘What Time is It’ esta a la altura de cualquiera de las obras maestras del propio Prince-, y aunque el nivel medio es muy irregular, casi en todos los discos que llevo escuchados tras leer este libro se puede encontrar algo de interés. Uno de los ejemplos más significativos es el tercer álbum de New Power Generation, que tal y como se explica en el libro es en realidad un disco de Prince por derecho propio, y uno de los que merece la pena rescatar para dignificar un poco una de las etapas más complicadas de su carrera, la de la segunda mitad de los noventa.

 

El libro llega hasta el último disco publicado hasta el momento por Prince, y las páginas que dedica el autor a analizar el momento artístico actual en el que se encuentra dejan un sabor amargo. Da la sensación de que Prince ha ralentizado su producción y sus ambiciones, de que ha dicho todo lo que podía decir y que a partir de ahora se limitará a tocar sus grandes éxitos con gran éxito de público, como parecen confirmar sus últimos y muy discretos singles, y sus recientes conciertos en el Reino Unido. 

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Danny Brown – Old

El anterior trabajo largo de Danny Brown, XXX, nos llegó a muchos como llegan las buenas sorpresas: tan de repente, que necesitamos algo de tiempo para darnos cuenta de todo lo que representan.  Aunque en su momento se presentó como una mixtape, con el tiempo se ha terminado considerando a XXX como un álbum por derecho propio, algo que por cierto debería llevar a preguntarnos si la diferencia entre mixtape y álbum es la capacidad de transcendencia que tienen sus canciones, más allá de las diferencias entre los canales usados para su distribución. Pero más allá de esta cuestión, los medios destacaron cómo este rapero de Detroit había logrado llamar tanto la atención con una colección de temas que principalmente iban sobre drogas y sexo. Eso sí, sobre unas bases que también resultaban atractivas por lo bien escogidas que estaban en base a un criterio muy claro: el de su carácter inusual o, como se dice en inglés, left-wing. Muchos eran los momentos álgidos de aquel álbum, que incluía temas tan impactantes como el mórbido “Die Like a Rockstar” –con menciones a cadáveres jóvenes como los de Kurt Cobain, Keith Moon, Jimi Hendrix, Heath Ledger, John Belushi, y un buen puñado más- explorando su veta más oscura, “Radio Song, en el que demostraba su capacidad para observar y comentar con perspectiva crítica la situación de la industria musical al tiempo que subrayaba su independencia de la misma, rapeando sobre las presiones que recibe para escribir un single que reviente las listas de ventas y, claro, ‘I Will’, en la que airea con todo detalle su afición por el cunnilingus.

Unos años más tarde, y con el estupendo single ‘Grown Up’ –y su entrañable videoclip, que he enlazado encima de este párrafo. ¿No os recuerda la canción a A Tribe Called Quest?- como puente entre los dos álbumes, llegó en el 2013 Old. Del disco hay que comentar en primer lugar su título. Danny Brown tiene más de treinta años, así que un salto generacional le separa de todos los jóvenes raperos que hablan en sus canciones sobre vivir rápido al tiempo que hacen ostentación materialista. Brown también rapea sobre esos temas, no está exento de contradicciones, pero su edad y su personalidad le permiten distanciarse y ofrecer una visión más reposada y reflexiva sobre los tópicos de cierto hip hop estadounidense. En primer lugar, esa distancia está presente en su decisión –ya veremos si definitiva- de dar carpetazo al relato, lleno de miseria, de los primeros años de su vida. Lo hace en la primera mitad del álbum en diez canciones sobre bases ariscas al tiempo que reflexivas, y en las que saca el máximo partido a su capacidad para observar pequeños detalles que hacen que sus historias cobren vida ante nuestros oídos.

Así, a lo largo de este primer tramo de Old, Brown habla de los inviernos sin calefacción en Michigan (‘Side A / Old’),  de la violencia como último recurso para aquellos cuya voz no es escuchada por nadie (‘The Return’, título que hace referencia a un clásico de Outkast, una importante referencia estética en el caso de Brown), del momento decisivo en el que comenzó a traficar con drogas como alternativa al trabajo duro de sus padres que apenas les daba para sobrevivir (’25 Bucks’),  de los tiroteos y casos de prostitución que veía cuando iba a comprar el pan de niño (‘Wonderbread’), o de las pesadillas que le provoca la ultraviolencia que contempló creciendo (‘Torture’).  De nuevo, la originalidad de Danny Brown reside en parte en la perspectiva que le da su edad, algo que se puede ver en detalles como cuando en ‘Gremlins’ critica a los que no quieren ir a la universidad porque quieren ser como 2 Chainz, sin darse cuenta de que el propio 2 Chainz fue a la universidad. Todo este hiperrealismo consigue funcionar porque conecta con la capacidad del hip hop de reflejar la realidad de la calle sin perder de vista la pista de baile o las ganas de diversión. En este sentido, destaca la creatividad y efectividad de las bases, sobre las que Danny Brown siempre consigue acomodar su fraseo para aumentar su impacto rítmico.  

Con ‘SideB (Dope Song)’ da comienzo la segunda parte del disco, muy diferente en cuanto a bases, pero sobre todo en lo que a letras se refiere. Sin ir más lejos, ‘Dope Song’ está producida por Rustie, evidenciando las interesantes conexiones que se han ido estableciendo en los últimos años entre el hip hop estadounidense y la electrónica y bass music británica, como se puede ver hasta  (¿o deberíamos decir especialmente?) en el Yeezus de Kanye West. En este sentido, también es muy significativo que uno de los temas se llame, directamente, ‘Dubstep’, aunque es de suponer que Brown se esté refiriendo más bien a la derivación para estadios y festivales del sonido londinense que se ha popularizdo en EEUU últimamente. Se trata, en cualquier caso, de una vía de intercambio de ideas que parece que va a tener un largo recorrido y nos seguirá dando sorpresas en los próximos meses. Lo llamativo en el caso de Danny Brown es que sea capaz de usar una base con un carácter tan marcado como el de Rustie y de adaptar su forma de rapear para integrarse a la perfección en el patrón rítmico de la canción. Es algo que el propio Brown ha reconocido perseguir con este disco: plantearse ritmos que le supongan un reto. Es por este motivo que este tramo del disco funciona igual de bien que el primero, aunque en cuanto a letras pasen a un primer plano las ganas de fiesta. A pesar de esta transición, sigue habiendo conexiones con la primera parte del disco: así, en ‘Dope Song’ Brown recuerda que es la última vez que habla sobre su pasado, al tiempo que critica a los raperos que siguen explotando lustros después sus mitos fundacionales para perpetuar su credibilidad callejera. No es la única crítica interesante que aparece en esta sección del disco: en ‘Dip’ describe un subidón de Molly, para después denunciar que muchos raperos hablan de esa droga sin realmente haberla probado.

 

A pesar de que la rareza en el hip hop sigue cotizando al alza, y que en este sentido Danny Brown va sobrado, con ‘Old’ ha conseguido trascender el  principal peligro al que estaba expuesta su carrera, que era el de convertirse en una caricatura de su propia personalidad pública. ‘Old’ es un disco extrañamente reflexivo y fiestero, marcado por el punto de vista desde el que se sitúa el Danny Brown narrador sin perder la rudeza de sus inicios. Lo más sorprendente de todo es que entre las influencias confesadas por el propio Brown se encuentran el ‘Closer’ de Joy Divison y el ‘The Bends’ de Radiohead, aunque su presencia no se puede detectar tanto en lo musical como en el tono del álbum. En cualquier caso, Danny Brown sigue siendo uno de los personajes más vibrantes de la música popular estadounidense contemporánea.

YG feat. Drake – ‘Who do you Love?’

Temón para el fin de semana.

Aunque en las últimas semanas el tema de hip hop que más veces ha aparecido en mi lector de noticias y el que más ha sonado en mis reproductores de música ha sido ‘Danny Glover’ de Young Thug –  incluido en una estupenda mixtape junto a Bloody Jay sobre la que escribiré en los próximos días-, esta semana pasada el tema que más he escuchado, a veces dos o tres veces seguidas, ha sido este ‘Who do you Love?’ de YG, en colaboración con Drake y producido por DJ Mustard, como adelanto de su álbum para el sello Def Jam.

Sin duda, lo más interesante es la producción: escueta, esquelética, pero efectiva e hipnótica. Esta compuesta de apenas un puñado de notas de piano, un sinte inquietante que parece sacado de una película de terror de los ochenta, y palmas y graves que aparecen y desaparecen puntuando el desarrollo del tema, sucediéndose sin sobresaltos, en diferentes combinaciones que dejan un regusto de tensión en el ambiente al tiempo que invitan al baile y a dejarse llevar por un ritmo que podría continuar durante muchos más minutos que los que dura el tema. La letra es una sucesión de ocurrencias materialistas (referencias al número de cifras de su cuenta bancaria incluidas) y reafirmaciones del ego, a las que la producción de DJ Mustard da un interesante giro con su tono paranoico, sugiriendo un estado de alerta que parece dejar entrever que la seguridad en sí mismos de YG y Drake no es más que un delirio. Aunque, en definitiva, ‘Who do you Love?’ es un temón por su incitación al baile. Es indudable que esto, sonando en un buen equipo, revelaría todo su arsenal de matices y juegos dinámicos entre distintas frecuencias, un bombardeo selectivo de efectos sonoros combinados de manera magistral.