Archive | March 2014

Nguzunguzu – Perfect Lullaby 2

Hay ocasiones en las que una mixtape puede representar el sonido y la personalidad de un músico de manera más acertada que su propia música. No es que la música que hacen Nguzunguzu esté mal (de hecho todo lo contrario: sus EPs para el imprescindible sello Fade to Mind son más que recomendables) pero The Perfect Lullaby 2 es lo más satisfactorio que han hecho hasta el momento. Trasciende, además, lo que podríamos entender normalmente como mixtape porque es un concepto audio-visual cohesionado. Al igual que el último disco de Beyoncé, Nguzunguzu han decidido presentar esta colección de temas de música de baile de distintas partes del hemisferio sur de la tierra junto a una serie de imágenes de naturaleza que combinan el frío polar y el calor volcánico.

Musicalmente, Nguzunguzu ofrecen aquí una colección de canciones que funcionan bien por sus patrones rítmicos, lo suficientemente diferentes entre sí como para reconocer que proceden de distintas partes de la tierra, pero al mismo tiempo con las suficientes semejanzas como para ver las relaciones entre ellas. De hecho, así es: más allá de los nombres conocidos –que al final resultan ser lo menos interesante- aquí hay zouk y reggaetón del caribe, pero también músicas africanas como el kizomba y, por supuesto, RnB, articulando así un diálogo de músicas transatlánticas de origen africano. La coherencia, sin embargo, la da sobre todo el tono, ligeramente lánguido, cálido pero templado al mismo tiempo, perfecto para escuchar con la relajación de los sentidos que provoca la canícula que ya, por fin, va entrando estos días. Aunque la mixtape en sí misma es un Frankenstein de ritmos diferentes, funciona porque en conjunto da la impresión de radiografiar un interés común por músicas rítmicas, calientes, pero al mismo tiempo románticas, como una versión global del lovers rock británico de finales de los setenta y comienzos de los ochenta. Si le dais una oportunidad, preparaos para googlear y buscar música sobre muchos de los músicos que aparecen en ella.

Por supuesto, lo mejor de todo es volver a escuchar a continuación las producciones de Nguzunguzu (incluyendo su participación en el disco de Kelela, uno de mis favoritos del año pasado), y ver reflejadas en ellas las ideas a partir de las que han hecho esta mixtape.

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Untold, o la música como bola de demolición.

Durante el pasado verano el Reino Unido estuvo expuesto a una ola de calor que dio como resultado uno de los veranos más calurosos en las islas británicas desde que se registran datos al respecto. Untold grabó su primer álbum justamente en ese momento, al tiempo que se preparaba para abandonar la ciudad de Londres después de una década viviendo ahí y dejando su marca en eso tan abstracto de la UK bass music. Ya sabemos por el punk que calor, crisis y Londres son ingredientes muy estimulantes para la música, así que estos datos son interesantes a la hora de escuchar las canciones de este disco, porque la urgencia y el efecto expansivo del calor se han colado, efectivamente,  hasta el tuétano en las nuevas canciones del productor británico.

Black Light Spiral empieza acumulando tensión con las sirenas y subgraves de ‘5Wheels’, una tensión que no se libera hasta la explosión rítmica del siguiente tema, ‘Drop it on the One’. Pero mi momento favorito del disco es el tercer tema, ‘Sing a Love Song’, una auténtica bola de demolición sonora a partir de un par de elementos jamaicanos y un enfoque muy físico y confrontacional. Hay momentos en los que el sonido parece abalanzarse desde los altavoces para engullirte, especialmente después del breve respiro con el desquiciado piano sampleado hacia la mitad de la canción. Pero quizás lo mejor de todo es que Untold es de los pocos que han logrado interpretar de manera casi simultánea la canícula, el caos, y la sobrecarga de estímulos contemporáneos de una manera que te urge a bailar la revolución. Y además sin que nadie pudiese adivinar que la música del británico fuese dar un giro tan dramático y excitante. A mí el mundo en el 2014 me suena así.

Omar & Zed Bias – Dancing

No lo podemos evitar. En cuanto parece que sale un poquitín el sol… ¡TUNE que te crió!

Libros de música: ‘Prince’ de Matt Thorne.

 

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Tiene que ser realmente complicado escribir un libro sobre un personaje tan poliédrico y complejo como Prince. La sobrecarga informativa a la que se puede exponer un escritor a la hora de afrontar un proyecto así tiene que ser tan grande que la idea de una biografía definitiva sobre el de Minneapolis es, en estos momentos, poco menos que imposible, como consecuencia también del hecho de que Prince no ha sido precisamente generoso (o transparente) en sus entrevistas. El enfoque de Matt Thorne en este volumen no es el peor posible: ante la negativa de Prince a la hora de colaborar, se propone reconstruir su obra a partir de las declaraciones de quienes trabajaron con él. El principal problema es que la visión de toda esta gente está filtrada por sus relaciones, pocas veces cordiales a lo largo del tiempo, con el precoz músico, lo que provoca que en más de una ocasión nos podamos permitir poner en duda lo que estamos leyendo.

 

Aún así, hay cuestiones específicas muy interesantes que resultan más creíbles por estar sobradamente contrastadas por los personajes que desfilan a lo largo de estas biografías. Este sería el caso, por ejemplo,  de todo lo referido a sus hábitos de trabajo, o cómo el tracklist de los discos era algo cambiante hasta el último momento, cuando Prince se sacaba de la manga un concepto que unifica un conjunto en el que, en no pocas ocasiones, conviven canciones escritas por Prince en diferentes épocas y rescatadas para la ocasión de su mítico almacén de canciones (que tiene hasta nombre: The Vault). No es la fiabilidad de los colaboradores, en todo caso, el principal problema de esta biografía, sino el hecho de que la condición de fan de su autor tiene varias consecuencias negativas: por una parte el libro se centra en pequeños datos que solo pueden interesar a fans cómo él (en particular los exhaustivos recuentos de canciones tocadas en conciertos y fiestas varias), y por otra –y sobre todo- se echa en falta un análisis más en profundidad de al menos sus lanzamientos oficiales, que en ocasiones se ventilan en media docena de páginas de manera un tanto rutinaria. La táctica de Thorne suele limitarse a explicar de qué van las letras, y deja en un plano los aspectos más interesante de la música de Prince: sus innovaciones sonoras, que todavía planean en buena parte de la música más inquieta que se hace hoy día, y su significado en el contexto de la época. ¿Cómo puede pasar por alto, por ejemplo, la creatividad rítmica de un disco magistral en este sentido como es Sign o’the times? Datos como que Chuck D comentó en una ocasión que su fraseo está en parte basado en el de Prince en el tema que da título a precisamente ese álbum merecía detenerse a examinar las implicaciones de esta influencia.

 

Tampoco es que el libro sea un desastre, simplemente parece que le falta más trabajo para ser lo que aspiraba a ser: el análisis definitivo de la biografía de Prince. Hay que reconocer, de todos modos, que hay algunas ideas interesantes desperdigadas a lo largo del libro. Me han gustado en particular dos: la primera es la que dice que la carrera de Prince habría dado menos bandazos si en vez de liquidar a The Revolution a finales de los ochenta los hubiese retomado esporádicamente de un modo similar a como lo hicieron Bruce Springsteen con la E Street Band o Neil Young con sus Crazy Horse. La otra idea es la que señala cómo Prince en los noventa dejó de jugar con los roles de género, como solía hacer en los ochenta, para adoptar una actitud mucho más masculina, y cómo este viraje en su obra fue una de las causas de su pérdida de capacidad para sorprender a partir de entonces.

 

Y también, por supuesto, en una obra tan extensa como la de Prince, que solo los más fanáticos conocen bien, es inevitable que la lectura de este libro te lleve a cosas que nunca habías escuchado antes. En particular, yo estaba interesado en investigar sus proyectos paralelos, y en este sentido el libro cumple más o menos su tarea. De hecho, me enteré de la existencia de esta biografía cuando se publicó uno de los capítulos dedicados a los protegidos de Prince como adelanto en el segundo número de la efímera revista Loops. Es en este terreno donde más satisfacciones tuve: a The Time ya los conocía bastante bien –su disco ‘What Time is It’ esta a la altura de cualquiera de las obras maestras del propio Prince-, y aunque el nivel medio es muy irregular, casi en todos los discos que llevo escuchados tras leer este libro se puede encontrar algo de interés. Uno de los ejemplos más significativos es el tercer álbum de New Power Generation, que tal y como se explica en el libro es en realidad un disco de Prince por derecho propio, y uno de los que merece la pena rescatar para dignificar un poco una de las etapas más complicadas de su carrera, la de la segunda mitad de los noventa.

 

El libro llega hasta el último disco publicado hasta el momento por Prince, y las páginas que dedica el autor a analizar el momento artístico actual en el que se encuentra dejan un sabor amargo. Da la sensación de que Prince ha ralentizado su producción y sus ambiciones, de que ha dicho todo lo que podía decir y que a partir de ahora se limitará a tocar sus grandes éxitos con gran éxito de público, como parecen confirmar sus últimos y muy discretos singles, y sus recientes conciertos en el Reino Unido. 

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